El presidente de la Asociación de Empresas Región de Valparaíso (ASIVA) asegura que las nuevas tecnologías, como la IA, nos obligan a preguntarnos cómo queremos distribuir los frutos de una productividad sin precedentes y qué lugar queremos que ocupe el trabajo en una sociedad.
La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA), junto con la automatización, la robótica y otras tecnologías, ha instalado el temor de que una parte importante del trabajo humano pueda ser reemplazada por máquinas y desencadenar una crisis social de proporciones históricas. En torno a esa premisa gira buena parte de la discusión pública sobre qué empleos desaparecerán, cuáles sobrevivirán y qué nuevas competencias deberán adquirir los trabajadores para reinsertarse laboralmente.
Curiosamente, mientras este debate ocupa titulares en todo el mundo, otro problema preocupa desde hace años a economistas, gobiernos y organismos internacionales. Las sociedades envejecen, la esperanza de vida aumenta y la natalidad disminuye. Como consecuencia, la proporción de personas en edad de trabajar se reduce mientras crece el número de jubilados.
Si cada vez habrá menos trabajadores y más personas retiradas, alguien deberá financiar ese mayor número de pensiones. De ahí provienen muchas de las propuestas para aumentar la edad de jubilación, elevar las cotizaciones o incrementar la carga tributaria.
Hasta aquí, ambos diagnósticos parecen perfectamente razonables. Sin embargo, al observarlos conjuntamente aparece una contradicción difícil de ignorar.
Por una parte, se nos advierte que la IA y las nuevas tecnologías amenazan con volver innecesaria una fracción importante del trabajo humano porque una cantidad mucho menor de personas será capaz de producir lo mismo. Por otra, se nos dice que habrá muy pocos trabajadores para sostener a una población creciente de personas jubiladas. Ambas afirmaciones difícilmente pueden ser ciertas al mismo tiempo.
La paradoja es evidente. La misma tecnología que hoy se presenta como una amenaza porque podría volver innecesaria una parte importante del trabajo humano es, al mismo tiempo, la que permitiría enfrentar el desafío del envejecimiento de la población.
Toda la discusión termina reduciéndose, en realidad, a una sola palabra: productividad. Desde hace más de medio siglo, la teoría económica reconoce que el crecimiento sostenido depende mucho menos de incorporar más trabajadores o acumular más capital que de producir más con los mismos recursos.
Ese ha sido siempre el propósito de la tecnología. La rueda, el molino, la máquina a vapor, la electricidad, el computador, Internet, la robotización y ahora la inteligencia artificial forman parte de una misma historia: obtener mejores resultados con menos esfuerzo humano.
Por eso resulta llamativo que una tecnología cuyo principal efecto consiste precisamente en aumentar la productividad sea presentada como una amenaza para el bienestar.
El temor, por supuesto, es comprensible. Desde los luditas durante la Revolución Industrial, toda gran innovación ha despertado resistencia entre quienes ven amenazadas sus ocupaciones. Pero una reacción comprensible no constituye necesariamente un buen diagnóstico. La historia muestra que, una y otra vez, hemos confundido la desaparición de determinados empleos con una pérdida de bienestar para la sociedad en su conjunto.
Nadie propondría hoy eliminar las excavadoras para volver a cavar zanjas con palas, renunciar a la mecanización agrícola o reemplazar los computadores por cálculos hechos a mano para crear más empleo. Sin embargo, cuando la escala del cambio aumenta, nuestra intuición parece invertirse.
Imaginemos que una parte significativa del trabajo hoy necesario pudiera ser realizada por máquinas. Que ya no fuera necesario dedicar buena parte de la vida a actividades que aceptamos principalmente porque constituyen el medio para obtener un ingreso.
Intuitivamente, eso parece acercarse al viejo sueño del progreso tecnológico: liberar tiempo y esfuerzo humano. Sin embargo, la conversación pública suele presentar esa posibilidad como una amenaza civilizatoria y concentrarse en cómo inventar nuevos trabajos para reemplazar los que desaparecen, como si el objetivo último de una economía consistiera en mantener ocupadas a las personas y no en satisfacer de la mejor manera posible las necesidades humanas.
El trabajo posee un enorme valor. No solo proporciona ingresos: también entrega identidad, disciplina, relaciones sociales, aprendizaje, autoestima y propósito. Nada de eso debiera minimizarse. Pero otra cosa es concluir que el bienestar deba depender necesariamente de que cada persona destine una parte importante de su vida a realizar un trabajo que la tecnología podría efectuar por ella.
Trabajamos para vivir, no vivimos para trabajar. La escasez que tanto se anuncia no es, entonces, de bienes ni de capacidad de producirlos, sino de acuerdos sobre cómo repartir lo que esa productividad genera. El problema, más que tecnológico, es de diseño institucional.
No sabemos aún cuál será el verdadero impacto de la IA sobre el empleo. Lo que sí parece probable es que la magnitud del cambio tecnológico nos obligue a revisar la forma en que una sociedad transforma productividad en bienestar.
Durante siglos, el trabajo remunerado ha sido el principal mecanismo para acceder a los bienes y servicios necesarios para desarrollar un proyecto de vida, porque el trabajo humano era también el principal factor de producción. Si esa realidad comienza a cambiar, resulta natural que nuestras instituciones evolucionen con ella.
Las nuevas tecnologías nos obligan a preguntarnos cómo queremos distribuir los frutos de una productividad sin precedentes y qué lugar queremos que ocupe el trabajo en una sociedad donde la generación de riqueza dependerá cada vez más de la tecnología y cada vez menos de la cantidad de trabajo humano necesaria para producirla. Esa discusión recién comienza, y probablemente será una de las más importantes de este siglo.
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