Iván Navarro es uno de los artistas chilenos más relevantes de la escena contemporánea. Su obra se encuentra en la colección del Guggenheim de Nueva York, en la Galería Saatchi de Londres y en el próximo NuMu de Vitacura. Emplea la luz eléctrica para crear obras de fuerte carga política. Acá cuenta su historia y critica los recortes en cultura.
-¿Cómo recuerdas tu infancia?
-Nací en Santiago en 1972, pero crecí en Cerrillos, un sector periférico e industrial donde la vida era bastante precaria. Mi familia estaba vinculada al mundo del arte: mi padre era profesor, dibujante de historieta política y trabajaba en la Universidad Técnica del Estado, donde era vicerrector de Extensión y Comunicaciones, mientras que mi madre también estudió allí Artes Plásticas. El golpe de Estado cambió por completo nuestras vidas.
Allende iba a dar un discurso el 11 de septiembre de 1973 en la universidad, para llamar a un plebiscito, según sus cercanos, pero los militares ocuparon la sede y, un mes después, mi padre fue detenido. Pasó seis meses preso, un tiempo en el Estadio Nacional y en otros lugares donde sufrió torturas. Durante ese período mi madre tuvo que hacerse cargo de la familia y nos fuimos a vivir con mis abuelos. Aunque era muy pequeño para recordar los hechos directamente, crecí con las consecuencias de ese trauma, que marcó la manera en que entendí la sociedad, el poder y la política.
-¿De qué forma influyó ese contexto familiar en tu interés por el arte?
-En mi casa el arte era parte de la vida cotidiana. Mis padres nos llevaban a museos y exposiciones desde niños, y mi hermano mayor, Mario, también quería ser artista (y lo es). Más que una decisión consciente, fue una forma natural de crecer. Desde pequeño entendí que el arte podía ser una manera de comprender el mundo y de responder a la realidad que nos tocaba vivir.
-¿Cómo viviste el regreso de tu padre después de la prisión?
-Terminó dedicándose a la publicidad como director de arte, un espacio donde trabajaban artistas e intelectuales de izquierda durante la dictadura. Trabajó con Jaime Celedón. La publicidad era el arte que quedaba en esa época. Más tarde volvió a dibujar historieta política en el desaparecido diario La Época. Para mí fue una experiencia muy enriquecedora, porque pasaba tiempo mirando trabajar a mi papá y aprendí a usar materiales, herramientas y técnicas que más tarde influirían en mi trabajo artístico.
-¿En qué momento nació tu interés por trabajar con luz?
-Surgió durante la universidad. Como tenía pocos recursos económicos, empecé a trabajar con materiales eléctricos porque eran baratos y familiares para mí. Mi madre hacía las reparaciones eléctricas de la casa, así que desde niño aprendí esas técnicas. En mi examen de grado reutilicé el sistema de iluminación de la propia sala de clases para crear una instalación artística. No solo era una solución económica, sino también una forma de transformar un espacio existente en una obra. Ese proyecto marcó el inicio de mi investigación con luz y electricidad.
–¿Por qué decides irte a Nueva York?
-Un compañero de la universidad se había instalado allí y me invitó a visitarlo. Yo no hablaba inglés y nunca había pensado seriamente en vivir en Estados Unidos. Sin embargo, muchas de las decisiones importantes de mi vida han surgido de manera inesperada, así que seguí esa intuición y viajé.
Antes de viajar trabajé durante dos años como ayudante de Eugenio Dittborn, experiencia que fue fundamental porque aprendí cómo funciona realmente la profesión de artista: producir obras, organizar un taller, relacionarse con galerías y mantener archivos. Al llegar a Nueva York trabajé restaurando muebles y haciendo carpintería y pintura, lo que también amplió mi conocimiento sobre materiales y procesos.
-¿Cómo llegó el reconocimiento internacional?
-Fue un proceso gradual y, en parte, producto de circunstancias inesperadas. Una obra llamaba la atención, aparecía una buena crítica, luego llegaba una invitación de una galería y así se iban abriendo nuevas oportunidades. Creo que la suerte existe, pero también es fundamental estar preparado para aprovechar esas oportunidades. Haber aprendido de artistas como Dittborn, Jaar y otros maestros fue decisivo para saber cómo enfrentar ese momento.
-Hoy vives en Nueva York y Río de Janeiro. ¿Cómo observas la situación política?
-Me preocupa especialmente Estados Unidos. El clima político ha generado miedo entre muchas personas, incluso entre amigos que ya no quieren viajar por temor a problemas migratorios. Tengo ciudadanía estadounidense gracias a mi trayectoria artística, pero igualmente percibo un ambiente complejo.
-¿En qué proyectos estás trabajando?
-Continúo desarrollando mi investigación sobre electricidad, luz y sonido. Estoy preparando exposiciones en Francia, Brasil, Chile, EEUU y México. Me interesa fortalecer proyectos en Latinoamérica, porque siento que Europa y EEUU ya no representan el único centro del arte contemporáneo.
-¿Cuál es tu impresión sobre el desarrollo de la cultura en Chile?
-Me preocupa la reducción de recursos destinados a la cultura, porque afecta a museos, centros culturales y espacios de formación. Sin embargo, también creo que los artistas no pueden depender únicamente del apoyo estatal. El arte debe ser capaz de surgir incluso en condiciones difíciles. Durante la dictadura, pese a la falta de recursos y la censura, se produjo una de las etapas más importantes del arte chileno. El artista tiene un rol político precisamente porque es capaz de crear nuevas formas de pensar y de actuar dentro de la sociedad.
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