El edificio fantasma de El Golf y sus últimos 3 dueños que se niegan a vender

Desde la salida del Metro El Golf basta levantar la vista para encontrar una anomalía. Rodeado de torres de vidrio, cafeterías y oficinas donde circulan miles de ejecutivos cada día, un edificio de ocho pisos parece detenido en el tiempo. La galería comercial está casi vacía. En uno de los barrios con el metro cuadrado más caro de Chile, el inmueble de Apoquindo 3161 se ganó un apodo que resume su estado: el edificio fantasma.


Qué observar. Al llegar un martes por la tarde, se observa la armatoste gris con todos los departamentos vacíos y descuidados. Hay apenas unas tres ventanas con luz. El conserje, algo nervioso, explica: “Este edificio lo compró un banco”.

  • Construido a mediados de la década de 1970, el edificio fue diseñado por los arquitectos Jorge Aguirre Silva, Álvaro Aguirre V., Marcial González C. y Carlos Urzúa B., como un proyecto mixto que combinaba varios departamentos con una galería comercial, una fórmula moderna para una época en que El Golf todavía era un barrio residencial y comenzaba a reemplazar sus antiguas casonas por edificios de mediana altura.
  • Cinco décadas después, el paisaje cambió por completo. Las oficinas desplazaron a las viviendas y El Golf se transformó en el principal distrito financiero del país. El edificio, que alguna vez simbolizó la modernización del sector, terminó convertido en una rareza rodeada de torres corporativas.
  • El conflicto comenzó hace más de una década, cuando una institución financiera inició la compra sistemática de departamentos para ampliar su complejo de oficinas. Hoy controla más del 80% de la copropiedad, pero tres propietarios se niegan a vender, impidiendo la construcción de una tercera torre.

Resistencia sin resultado. Los vecinos sostienen que desde entonces el deterioro del inmueble ha sido progresivo. Acusan que, al tener mayoría en la copropiedad, la empresa ejerce una influencia decisiva sobre la administración y que la escasa mantención forma parte de una estrategia para desgastar a quienes aún permanecen allí.

  • Una señora dice que están pagando gastos comunes que se duplicaron. La heredera de uno de los departamentos recuerda que las primeras negociaciones fueron muy distintas. Asegura que en 2016 les ofrecieron más dinero que ahora.
  • Algunos problemas que han vivido los últimos habitantes son ascensores fuera de servicio, filtraciones que cruzan varios pisos, cortes eléctricos, plagas de palomas, jardines abandonados y una galería comercial prácticamente vacía. Hoy apenas cinco departamentos siguen habitados.
  • Desde la industria inmobiliaria la explicación apunta al enorme valor estratégico del terreno. Emplazado frente al Metro El Golf y en primera línea de Apoquindo, constituye uno de los pocos paños disponibles para desarrollar un proyecto de gran escala en un sector donde prácticamente ya no queda suelo libre. Departamentos similares en el barrio se ofrecen hoy entre 15.000 y 30.000 UF, mientras las unidades nuevas de alto estándar superan con facilidad las 40.000 UF.
  • Hay vecinos que esperan hace años un negocio redondo, un precio mucho mayor al ofrecido al principio. En el mercado existe incluso un concepto para ello: el “premio de resistencia”, una oferta difícil de rechazar que muchas empresas pagan a los últimos propietarios para destrabar una iniciativa.
  • Pero no siempre es así.

El contraste. La empresa ha optado por no comentar públicamente las negociaciones, señalando que se trata de conversaciones entre privados.

  • La galería comercial del primer piso vive su propia agonía. En una tienda de lavaseco dicen que la tarifa por un abrigo de lana es de 45 mil pesos. También hay un local de enmarcaciones de cuadros, que debe ser el último de la zona. Pero niegan que el lugar esté casi abandonado. Reconocerlo sería atraer a vándalos.
  • Cada mañana, cientos de ejecutivos pasan frente a ese edificio envejecido camino a sus oficinas. Pocos imaginan que detrás de esas ventanas todavía viven personas que llegaron cuando El Golf era un barrio de departamentos y no un bosque de cemento, que todavía algunos llaman Sanhattan.

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