Algo se incuba, entre la tempestad y la incertidumbre. Una frontera negra subyace a lo contingente. Si acaso un último desfondamiento conceptual, cuya potencia ha ido vaciando el lenguaje, las imágenes, el pensamiento y la capacidad de lectura.
La realidad es oscura de suyo: opone una resistencia a ser conocida en su sustancia. Así las cosas, una posibilidad de entender la filosofía es concebirla como forma de vida en busca del conocimiento, el autoconocimiento y el desarrollo de la capacidad de conciencia, cuyo ejercicio implica, entre otros deberes:
- Escrutar los fenómenos de la realidad tal cual se presentan, con sus contradicciones y anomalías.
- Hacerse cargo del peso de las propias palabras y acciones, a través del discernimiento.
Por consiguiente, la filosofía no es adoctrinamiento, ni activismo político, ni entretención, sino energía en movimiento: un proceso cuyo fondo obedece a su propia naturaleza e irradiación. Su elucidación requiere libertad para examinar los fenómenos de la realidad, las líneas del acontecer, y el misterio subyacente a su manifestación. Lo contrario corresponde a la decadencia y marasmo de la filosofía.
En consecuencia, está lejos de ser un ejercicio ajeno a la angustia y la perplejidad, realizado desde una serena instalación, conforme a las caricaturas de la filosofía masificadas como un producto de consumo más.
Sin embargo, la capacidad de establecer una conexión con los duros hechos de la realidad se extingue, en favor de hábitos antifilosóficos legitimados hasta en los ámbitos académico y artístico. Éstos son los principales: encasillamiento, activismo político, dogmatismo y rigidez doctrinaria, exámenes de pureza ideológica, tribalismo y prepotencia de minorías identitarias. Tales prácticas confluyen en la llamada “batalla cultural”, expandida al modo de una peste, con rasgos totalitarios.
Una clasificación puede ser útil, en función de un orden, con el fin de hacer inteligible un fenómeno. Contrariamente, Orígenes de Alejandría (s. III) sostenía que “lo infinito es incomprensible”, al no existir ninguna determinación.
Pero el encasillamiento es una clasificación simplista, normalmente enfocada en términos políticos, con la convicción de que la realidad humana se limita a esa dimensión. Por lo tanto, expresiones como “filósofo de izquierda” o “de derecha”, “feminista”, “anarquista”, entre otras calificaciones estereotipadas, son antifilosóficas de suyo. Así también, exigir al filósofo que dependa de una pertenencia social, partidaria o institucional para ser y vivir.
El hábito de encasillar es una excrecencia de militancias, acechanzas y nivelaciones ocultas, lo cual conlleva un abandono de la capacidad de pensar. Los académicos y profesores dedicados al activismo son proverbiales en esa miseria: corrompen a los estudiantes y destruyen dichas instituciones desde dentro.
El dogmatismo y la rigidez doctrinaria son igualmente ajenos a la naturaleza viva de la filosofía, en cuanto energía pensante en movimiento. Asimismo, los exámenes de pureza ideológica, impuestos aun a quienes carecen de militancia, con el fin de socavar su conciencia.
Un caso trágico es el Instituto Nacional. Fundado en 1813, “su objetivo inicial fue formar ciudadanos para la patria: que la defendieran, la dirigieran, la hicieran florecer y le dieran honor”. La voluntad de quemarlo desde dentro, por motivaciones ideológicas, constituye un microcosmos de la destrucción de Chile, cuyo fin básico es su reducción a las tinieblas de la ignorancia, enquistada como única perspectiva vital entre muchos jóvenes.
En suma, la “batalla cultural” es antifilosófica, antipluralista y anticultural. Sus intenciones refundacionales contradicen todo esfuerzo serio por buscar la verdad.
En efecto, cualquier militancia obliga a depender de terceros −empezando por los enemigos−, a acomodar las propias ideas e iniciativas a los dictados de sus facciones, a organizar la propia vida en función de su unilateralidad, incapaz de profundizar en los descarnados hechos de la realidad con valor y responsabilidad.
Un caso histórico de “batalla cultural” fueron los dos procesos constituyentes fallidos, de 2022 y 2023, dominados por el tribalismo y la prepotencia de minorías identitarias.
La libertad tiene costos ineludibles para el individuo que la ejerce haciéndose cargo de sí mismo, enfrentado a dichas prácticas estériles. En cambio, el horizonte nihilista de la “batalla cultural”, donde se unifican, es el mismo: escarnecer, reducir y exterminar al enemigo, a mansalva.
De hecho, no existe algo así como una lucha respetuosa por el poder, pues tal consideración es ajena a su naturaleza depredadora. Esas lacras antifilosóficas no sólo envilecen la disposición del pensamiento que escruta la realidad viva. Además, deshonran el conocimiento, incluidos los largos y penosos esfuerzos por darle una forma en la cultura.
¿Qué harían los activistas de la “batalla cultural” con sus enemigos si tuvieran todo el poder?
La virulencia de estos artilugios podría formularse en los siguientes términos:
“Si no te encasillamos, no podremos controlarte. Si no ganamos la batalla cultural; esto es, si no logramos convencerte de que te sometas a nuestra ideología, nuestros principios, nuestras instituciones, nuestros proyectos, nuestra ideologización del arte y la filosofía, ni por la seducción, ni por la persuasión, ni por la fuerza, entonces te destruiremos”.
La búsqueda de una captación de la verdad exige la misma condición señalada por Leonardo Sciascia en Negro sobre negro (1979): “la independencia, el aislamiento, la falta de todo vínculo con cualquier forma de poder constituido, la indiferencia a todo tipo de chantaje económico, ideológico, cultural, incluso sentimental. (…) Una condición muy difícil de conseguir, pero a la que nos podemos aproximar o, al menos, intentar aproximarnos”.
Algo se incuba, entre la tempestad y la incertidumbre. Una frontera negra subyace a lo contingente. Si acaso un último desfondamiento conceptual, cuya potencia ha ido vaciando el lenguaje, las imágenes, el pensamiento y la capacidad de lectura. Así se corrompen los vestigios crepusculares de su espíritu, para exaltar la ignominia, la barbarie, la destrucción de lo esencial y la profanación del misterio.




