Un año. Por Cristián Valdivieso

Director de Criteria

Mientras Gabriel Boric no resuelva que es un político en construcción y transformación, que se debe más al futuro que al pasado, posiblemente seguirá cometiendo esos enojosos errores no forzados. Errores que la ciudadanía seguirá viendo como contradicciones, cambios inexplicables de rumbo o incluso de ánimo. Errores que le cuestan caro y le quitan poder, por más que siga diciendo que cada error es un aprendizaje de los que se nutre.


Es imposible mirar este primer año de gobierno sin contextualizarlo con el hecho de estar encabezado por un mandatario joven, el más joven de nuestra historia y del planeta al momento de asumir.

Ingenuo sería, también, pensar que el Presidente Boric se había preparado para gobernar. En los hechos, su llegada al poder fue una mezcla vertiginosa de casualidades: el temor a Jadue, la impugnación a los que habían gobernado los últimos 30 años, las ansias de renovación alimentadas por el estallido y la pandemia y, qué duda cabe, un oponente en segunda vuelta -José Antonio Kast-, que rehuyó dar seriamente la pelea.

Haya sido por arrojo, por convicción o por ambición, Boric se puso hace un año a la cabeza de un país conflictuado, tensionado y con un escenario muy complejo en materia económica, de seguridad pública e inmigración, entre otras cosas. El Presidente se la jugó por tomar ese fierro caliente, hecho en sí meritorio.

Inevitable es, además, enmarcar el primer año de gobierno dentro de la crisis profunda de desconfianza institucional por la que cruzamos y el fracaso constitucional en que terminó la oferta del mundo político para salir de la crisis y con un gobierno sin relato y cuestionado en las urnas a sólo siete meses de haber asumido.

En buena medida, lo que hemos vivido estos primeros 12 meses está irremediablemente teñido de esta amalgama entre juventud, improvisación y coraje que ha caracterizado al Presidente.

Visto así, se entiende que este año el novel mandatario haya tenido que desentenderse de esa parte reciente de su pasado como joven que le permitió construir un candidato atractivo y popular pero que hoy le genera ruidos como gobernante (retiros, TPP11, estados de excepción, disposición a legislar reformas y varios etc.).

Tan reciente es el pasado que lo condena, que en su primer año no ha podido dar una solución de continuidad verosímil para tanto cambio en su nueva posición. Y quizá, ahí hay una clave para explicar este dificultoso año.

Es que de tanto dar explicaciones por sus cambios, de tanto insistir con un dejo culposo que ha aprendido de sus errores, “que otra cosa es con guitarra”, de tantas concesiones y entregas que la realidad de los porfiados hechos le ha impuesto, es posible que el Presidente juzgue que se niega a sí mismo, que se sienta frustrado y confundido sobre su razón de ser como mandatario.

Escindido entre el Presidente que hubiera querido ser (quizás el Boric de la primera vuelta) y el que ha tenido que ser (quizás el de la segunda), ha quedado atrapado entre dos personajes que disputan su protagonismo por el Yo del Presidente.

Y es probable, que mientras el mandatario no resuelva a qué yo interior le dará descanso y a cuál protagonismo durante lo que le resta de mandato, lo que sigamos viendo sean zancadillas entre esos dos seres que lo habitan. Mientras no resuelva que es un político en construcción y transformación, que se debe más al futuro que al pasado, posiblemente seguirá cometiendo esos enojosos errores no forzados.

Errores que la ciudadanía seguirá viendo como contradicciones, cambios inexplicables de rumbo o incluso de ánimo. Errores que le cuestan caro y le quitan poder, por más que siga diciendo que cada error es un aprendizaje de los que se nutre. Y es que, paradójicamente, mientras más lo repite, más cree una mayoría de la población que en realidad no aprende de sus errores.

Así lo muestra un análisis de datos que recientemente realizamos con el equipo de Criteria sobre los atributos proyectados por la ciudadanía hacia el Presidente. Entre los atributos que más inciden en la insatisfacción general con el primer año del gobierno está el que “el mandatario NO aprende de sus errores”. Inversamente, más se le valora cuando actúa, cuando impera el verbo por sobre la adjetivación simbólica. Cuando se lo ve eficaz, mostrando resultados.

En fin, no es poca la resiliencia del Presidente en este primer y turbulento año. A pesar de todo, ha logrado subsistir razonablemente a todos los desajustes, desaguisados y embates que le ha tocado vivir en 12 meses de mandato. Un año donde, sin duda, ha aprendido y mucho, un año que le servirá para proyectar y planificar desde la experiencia ganada los tres venideros.

Y es que este primer año nos ha mostrado que Gabriel Boric no sólo es el mejor político de su generación, sino también que es un político en construcción.

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