Durante estos días, hemos sido testigos de una explosión de intenciones presidenciales. ¡Bien por Chile! Esto indica que nuestra democracia goza de buena salud, con elecciones libres y competitivas. Sin embargo, el reverso de la moneda nos revela que nuestra democracia no es tan robusta, ya que aquellos que han expresado su interés en participar son precisamente la fuente de nuestro problema: el populismo.
Durante mucho tiempo, asumimos que teníamos una democracia consolidada y mirábamos con desdén lo que sucedía en otros lugares. Nos aferrábamos a la idea de que no existía una alternativa mejor que esta forma de organización, similar a las democracias liberales y modernas de América del Norte y Europa Occidental. Sin embargo, nos llevamos un golpe en la cara al ver cómo figuras como Trump, Le Pen y Podemos lograron insertar sus discursos en la sociedad.
Este fenómeno no es simplemente un reflejo del hastío hacia la institucionalidad tradicional y la falta de respuestas a problemas apremiantes, sino que fue de la mano de una peligrosa inclinación por narrativas simplistas en respuesta a cuestiones inherentemente complejas. Asimismo, los ciudadanos comenzaron a replegarse en el espacio privado, creyendo equivocadamente que la política no influye en sus vidas. Como resultado les han dejado amplio espacio a nuestras elites para solo seguir aumentando el problema.
Los partidos políticos fuertes y con grados importantes de representación que lograban tener legitimidad en sus decisiones, a los que estábamos acostumbrados ya no existen. Frente a esto, tentados por no desaparecer se han abierto a los populismos con posturas cada vez más iliberales, ocurrió con Trump y los republicanos, o el PSOE con Podemos. Algunos casos más radicales se presentaron en El Salvador con Bukele o con Milei en Argentina, países donde el sistema de partidos explotó.
Al igual que en los ejemplos anteriores, la realidad en nuestro país es clara: la desafección y el desinterés son completos, y las opciones populistas proliferan. Nuestro sistema de partidos, una vez un ejemplo en Latinoamérica por su consolidación, se ha desmembrado por completo tanto en las izquierdas como en las derechas, los cuales, entendiendo que perdían sus niveles de influencia, se vieron atraídos por nuevas alternativas. Ocurrió con el Frente Amplio y ha comenzado a ocurrir con el Partido Republicano.
Las herramientas para enfrentar al populismo y sus liderazgos existen, pero nadie muestra mucha intención de utilizarlas. Por el contrario. La comodidad de adherirse a estas alternativas para sobrevivir y la anomia ciudadana nos han llevado a este escenario, y las señales es que seguirá cristalizándose. A quienes nos importa, y no estamos presionados por la urgencia de lograr votos, tenemos algo que decir.
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