Cuando el gobierno asumió en marzo de 2022 tenía todo por delante. Tenía todo para ser exitoso. El proceso constituyente iba viento en popa, el presidente Boric asumía con la confianza de los moderados e independientes y tenía el apoyo irrestricto de su base política. Si fuera poco, tenía el mundo a sus pies, como así lo demuestran las varias portadas que salieron en tándem presentando al joven mandamás como el nuevo guardia de la izquierda hemisférica.
Menos de dos años después se ha revelado la magnitud del fiasco. El proceso constituyente fracasó con escándalo, el presidente perdió su popularidad, y el gobierno se quedó atrapada en su propia trinchera. Los medios internacionales no se han retractado, pero claramente ya no tienen el mismo interés ni buena disposición para cubrir a Boric ni a Chile. Nadie puede negar lo titánico del fracaso.
Quizás lo más trágico de todo sea que viendo cómo el castillo de arena se cae a pedazos el propio presidente y su gobierno no hayan hecho nada relevante para evitar el colapso. Pues, a pesar de meter algunas cuñas aquí y allá, poco han cambiado en lo de fondo. Si bien es correcto que Boric ha hecho algunos consensos, también es verdad que lo ha hecho más que nada por encontrarse acorralado sin alternativa.
Es, por ejemplo, lo que ocurrió con los recientes gestos del actual presidente hacia el expresidente Piñera. Después de advertirle en campaña que sería perseguido criminalmente por su rol en el estallido social, ahora lo invita a Paraguay, a La Moneda, y a firmar declaraciones. No es que Boric se esté moviendo al centro o se esté moderando. Tampoco es que esté entendiendo que debe ceder si quiere avanzar. Es solo que no le queda otra salida.
Por todo esto no es sorpresa que el gobierno haya fracasado en quizás lo más relevante que podría haber hecho hasta ahora: unir al país en la conmemoración de los 50 años.
Si el objetivo era unir al país bajo un mismo techo, entonces se fracasó. Hoy, los chilenos están más divididos que nunca. La brecha es incluso más grande de la que había en medio del estallido social. Lo curioso, sin embargo, no es la división en sí, es su causa. Pues, a todas luces, lo que parecer motivar la polarización tiene menos que ver con 1973 que con 2023. Así, de no mediar el gobierno actual, probablemente el país estaría más unido.
Si el objetivo, en cambio, era instalar un debate para alinear a las personas en contra de lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973, a pesar de los costos políticos que podría traer, también se fracasó. Como resultado de lo discutido durante las últimas semanas, los chilenos piensan que Allende es el principal responsable. Gracias al gobierno, la gente ahora le asigna la principal responsabilidad del golpe al expresidente, superando incluso a las fuerzas armadas.
Así, Boric no solo es un presidente divisivo (el más divisivo desde 1990, según la encuesta Criteria) sino que además es el flamante responsable de desenterrar un debate de medio siglo solo para perderlo. Como consecuencia de sus acciones (y omisiones), hoy hay más personas que admiten entender y justificar lo que ocurrió el 11 de septiembre que en cualquier otro punto de los últimos 50 años.
Qué duda cabe, el fracaso está atado a la generación que lo venía a cambiar todo, pero que en su corta gestión solo ha logrado retrocesos. Incluso en lo que decían que era lo más importante de todo, se ha perdido. Con ellos, la esperanza de un mejor país se ido desvaneciendo. Las cosas se han hecho tan mal, que incluso los pocos logros de los cuales se puede presumir parecen ser más obra del destino y la providencia que producto de un diseño inteligente bien planificado.
Criados en la sombra de quienes recuperaron la democracia y reconstruyeron Chile, tuvieron miedo de que la historia los tratara de irrelevantes e ineptos si no se revelaban. Por eso, cuando llegó el momento, estaban listos. En medio de la confusión del estallido social, se ofrecieron como el único recambio posible, y luego de aplastar a sus rivales en la convención constitucional, llegaron y ganaron con el mismo método la elección presidencial de 2021.
Desde entonces, lo único que han probado es que el recambio no incide en la calidad de la política, que a veces la experiencia es mejor que la juventud, y que no necesariamente todo será mejor en el futuro. Quienes gobiernan hoy tuvieron el privilegio de crecer en un país elogiado en el mundo entero por ofrecer condiciones que ninguno de los países vecinos ha tenido, y en vez de fortalecer lo positivo, lo han dejado morir lentamente.
Ignorando las desastrosas consecuencias que quedarán en limpio en los sectores de seguridad ciudadana, economía, salud, previsión social, desarrollo social, obras públicas, vialidad, trabajo, y relaciones internacionales, cabe preguntarse sobre el legado, o lo que los historiadores de antaño llamaban el juicio histórico. Pues, a este punto, todo indica que el recuento será uno para el olvido.
Similar a la forma en que el académico Leopoldo Castedo describe a la administración de Riesco, parece obvio que no serán más que unos pocos panegiristas los que en el futuro se atreverán a defender el gobierno de Boric, sobre todo si nada cambia radicalmente de aquí a fin de año. La mayoría probablemente coincidirá en que no habrá sido más que un poder ejercido por una oligarquía moderna en exclusivo beneficio para sí misma.
Aun siguiendo a Castedo, probablemente destacará, por sobre todo lo demás, el malabarismo bizantino de los partidos oficialistas para eludir el recrudecimiento de la inmoralidad administrativa, en este caso vinculado a las profundas redes de corrupción que se han ido descubriendo poco a poco. Nota aparte es la forma en que se evaluará el avance sostenido de las divisiones sociales y el aumento exponencial de la violencia.
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