-El presidente Boric llamó a un acuerdo transversal contra la violencia. ¿De qué manera ese gesto -pedir un acuerdo sobre algo que es una de las bases de la democracia- revela cierta cualidad o déficit del gobierno?
-En principio es una buena noticia que el Presidente intente recuperar el tono de la segunda vuelta. Sin embargo, al pedir este acuerdo, el gobierno está peleando con sus propios fantasmas. Después de todo, nadie en la derecha se va a negar a una agenda de ese tipo, si está bien hecha: los principales costos van a estar en su sector. Me parece que el llamado es una muestra adicional de la desorientación oficialista, incapaz de tomar ciertas medidas urgentes sin dar una larga (y costosa) vuelta. No quieren hacerse responsables de nada.
-Escribiste en El Mercurio que el gobierno debería saber que sus miembros ya no son activistas de ONG y que debe hacer propio y comandar el uso legítimo de la violencia del Estado para mantener el orden. ¿El gabinete aún no lo entiende?
-El gabinete está marcado por figuras cuyas declaraciones han dejado mucho que desear en este ámbito (basta recordar los sucesos de Panguipulli o las reacciones a la golpiza que sufrió un carabinero hace algunas semanas). El problema es que ya no son comentadores de la realidad, ni espectadores de una película ajena, sino que están al mando del aparato estatal y de la coerción.
En ese plano, el desajuste discursivo es un poco obsceno. La ministra de Justicia no puede poner en duda fallos judiciales, y la ministra del Interior no puede calificar de protesta los balazos. Hay algo muy grave allí, muy perturbador, que le impide al gobierno desplegar su propia agenda. De hecho, hoy lunes dos ministras vuelven a insistir en el indulto a los supuestos presos de la revuelta. Será imposible construir cualquier acuerdo amplio desde el octubrismo. En rigor, el llamado del Presidente parece haber quedado en nada, pues no es seguido por sus propios subordinados, que abren todos los días nuevos flancos.
-Para Lucy Oporto el origen de la Convención es tan barbárico como el de la Constitución del 80. ¿Lo crees así?
-No lo diría de ese modo, porque el acuerdo del 15 de noviembre es un hito muy importante, pero la violencia originaria del 18 de octubre fue sin duda bárbara, y afectó muchísimo nuestros espacios públicos y nuestra vida común. Algunos sectores —que hoy son gobierno— romantizaron esa violencia, de un modo que siempre me pareció profundamente nihilista. Y no es fácil salir del nihilismo una vez que se ha entrado.
-¿Hay cierta idea en algunos convencionales de que el fin justifica los medios? Te lo pregunto por la última apuesta por meter en Sistemas de Justicia, normas de Sistema Político rechazadas antes por el pleno. ¿Es un caldo de cultivo del Rechazo?
-La mejor campaña para el Rechazo ha sido la propia Convención. En lenguaje futbolístico, se marcan solos. Fíjate, por ejemplo, en una de las ideas que circula en el gobierno: el Apruebo va a remontar una vez que la Convención deje de funcionar. Pero, ¿qué es ese argumento? ¿No hay allí un reconocimiento implícito de que esto ha sido un desastre, y una esperanza vana de que la cosa mejore una vez que los convencionales desaparezcan? Pero, ¿cómo podrían desaparecer los autores de la propuesta?
No será fácil revertir la tendencia desde esa actitud. Sobre el caso particular que mencionas, es simplemente una prueba más de que parte relevante de la Convención nunca se ha tomado su trabajo muy en serio. Me permito citar al convencional Viera, porque su nivel de chapucería no tiene desperdicio, considerando que tiene un doctorado: “¿Qué es una norma? El enunciado normativo. Ergo, para interpretar existe un pluralismo metodológico, y en mi caso bebo de una perspectiva de sociedad abierta de la interpretación. Si esto es así, ¿interpreta el pleno? Por cierto y lo ha hecho”.
Pasaron meses discutiendo un reglamento que no les importa mucho violar con argumentos indignos en un consejo de curso. Luego, culparán de todo a una enorme conspiración sin formular la más mínima autocrítica.
-El presidente Boric, siendo estudiante, apoyó la toma de la Escuela de Derecho. Ya como diputado, se reunió con uno de los asesinos de Jaime Guzmán. Ha pedido disculpas y ha sido claro en rechazar la violencia. ¿Piensas que la gente no le cree o que le falta convicción? ¿Por qué?
-Lo diría así: si el Presidente no da, en los próximos días o semanas, señales contundentes respecto del orden público, estará dilapidando buena parte de su capital político. Ningún gobierno resiste esta sensación ambiente mucho tiempo; y, además, es imposible acometer reformas profundas en este clima. En ese sentido, por ejemplo, es evidente que urge un cambio en el ministerio del Interior. No creo que la ministra Siches esté en condiciones de encarnar esa señal contundente. Ahora bien, aquí hay también una oportunidad. Después de todo, y aunque suene paradójico, la izquierda tiene en algún sentido más espacio político que la derecha para restablecer el orden público.
-La violencia de los viernes no ha aflojado, y hay un alza de protestas de escolares, algunas de ellas violentas. Sería injusto culpar al gobierno, que lleva dos meses, dijo Desbordes. ¿Cuál es tu diagnóstico?
-Naturalmente, esta situación viene de antes y no es posible atribuirle toda la responsabilidad al gobierno. Sin embargo, la nueva izquierda tiene un problema discursivo, y no sabe cómo resolverlo. Si durante años dijiste que había que comprender las causas estructurales de la violencia, y celebraste la supuesta “desobediencia civil”, resulta difícil ahora decir algo distinto, y reprimir. Por lo mismo es tan necesaria esa señal contundente. Sin ella, el gobierno seguirá pedaleando en el agua, sin controlar la agenda, y condenado a reaccionar constantemente a las declaraciones de sus propios personeros. Esperábamos bastante más.
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