“Nuestra escala de valores y principios en torno a la política no solo dista del gobierno anterior, sino que creo que frente a una generación que nos antecedió, que podía estar identificada con el mismo rango de espectro político, como la centro izquierda y la izquierda, yo creo que estamos abordando los temas con menos eufemismos y con más franqueza”. De esta manera el ministro Jackson afirmó la superioridad moral de sí mismo y su generación respecto de las que los antecedieron.
No deja de ser curioso que el ministro secretario general de la presidencia haya realizado estas afirmaciones en momentos en que, según las encuestas, su gobierno marcado por una impronta generacional se encuentra, según las encuestas, mal evaluado por la mayoría de los chilenos y es evidente que se sostiene básicamente en la presencia confiable del ministro Mario Marcel y del subsecretario Manuel Monsalve, ambos dos provenientes de esa otra historia y tradición política que denota con tanta frivolidad.
Bastaría recordar las críticas a carabineros o a los estados de emergencia, los permanentes cambios de opinión y constantes reconocimiento de errores no forzados, o sus relaciones con el Congreso Nacional, para comprender que la manera “franca y sin eufemismos” de gobernar que sugiere Jackson, no se ha cumplido un solo día.
Las generaciones que antecedieron a la vuestra, habría que decir, enfrentaron a una dictadura brutal, vivieron su juventud bajo estado de emergencia, se jugaron por la defensa de los derechos humanos y reconstruyeron la democracia sin derramar sangre ni validar la violencia. No es poco, pero tampoco eso los convierte en santos o seres inmaculados.
La supuesta superioridad moral de unos respecto de otros es una tentación que siempre ha servido para justificar la cancelación del adversario. Lo vimos en la Convención constitucional. Refleja una pulsión autoritaria que se ha venido manifestando en los últimos años casi descaradamente. Pero, afortunadamente, el mundo maniqueo que ve el ministro no es tal. Ni esta ni las anteriores generaciones son ejemplos de pureza y bondades, el bien y el mal está repartido “equitativamente”, y eso el ministro tendría que saberlo y tenerlo en cuenta.
No es del caso, ni sería de buen gusto, analizar a propósito de estos dichos lamentables si acaso las autoridades de gobierno han cumplido o no con sus promesas en el campo ético o si han sido consecuente con sus afirmaciones políticas de cuando eran oposición. Lo que no deja de sorprender es la liviandad del ministro para buscar la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. Un poco de modestia haría bien en el clima político actual.
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