Por mucho tiempo Chile ha sido un territorio gobernado por los que saben, por los expertos. El relato de la primacía de la técnica, de la tecnocracia por sobre la política, sobrevaloró el contar con cifras objetivas para apoyar o desechar políticas públicas, generando una suerte de devoción por el dato y la posibilidad de predecir el impacto directo y la rentabilidad social de las iniciativas.
Esta suerte de ingeniería social relevó a los duchos en economía a un pedestal de referencia, pero también los signó como cortafuego para las respuestas a urgencias cotidianas que no se condecían necesariamente con lo “técnicamente aconsejable”.
Mientras la data que guiaba a los expertos decía que el coeficiente GINI disminuía, la experiencia cotidiana de las personas era que la desigualdad aumentaba. Si la data mostraba disminución de la desigualdad de ingresos, la experiencia decía que la desigualdad habitaba espacios mucho más amplios que la brecha salarial: trato, territorio y opciones reales de movilidad social, entre otras.
Este creciente distanciamiento entre la tecnocracia y la ciudadanía, entre la fría objetividad de la cifra y la subjetividad de la vivencia, entre el conocimiento acumulado y la desigualdad habitada, comenzó a subir de precio para quienes, con Excel en mano, diseñaban la política pública. Y el costo fue alto: lo terminó pagando la legitimidad social de la técnica. El ya famoso Panel de Expertos que sugirió el alza de los gatillantes $30 en el pasaje del metro fue de las últimas decisiones tomadas desde el saber técnico que los chilenos y chilenas estuvieron dispuestos a tolerar.
Así, el hastío por la desconexión contribuyó a un estallido que trajo consigo la expectativa por una nueva constitución, la ansiedad por la renovación de rostros para escribirla y el deseo de una institucionalidad desmarcada lo más posible de los expertos, los denostados tecnócratas.
Pero a poco andar, la visión crítica que ha ido decantando en la ciudadanía en torno al curso de la Convención Constituyente, y las dudas sobre las competencias técnicas de la nueva generación en el poder, parecieran haber ido disipando ese menosprecio hacia los expertos. Desencuentros circenses al interior de la Convención, propuestas de normas constitucionales inviables o francamente absurdas para la población, errores no forzados del gobierno, como también desalentadores resultados económicos en los últimos meses, han llevado a preguntarnos si acaso el cuco del que muchos se burlaban apuntando a los expertos, finalmente podría estar llegando.
De hecho, ya hay indicios de que, en concomitancia con la desilusión por la exaltación del maximalismo y la dinámica identitaria que ha primado en una Convención juzgada como carente de competencias técnicas, la ciudadanía pareciera estar nuevamente disponible para abrir la puerta a los que saben.
Pero vamos con datos para justificar el relato. Una reciente encuesta Criteria consultó a la población sobre sus preferencias en caso que ganara el rechazo al texto constitucional en el plebiscito de salida. Frente a la pregunta, “qué prefieres en caso de que gane la opción rechazo”, un 72% de la población señaló que preferiría que se definiera un mecanismo para elaborar una nueva propuesta constitucional vs. un 28% que optó por que se mantenga la actual Constitución.
Un dato en sí interesante pero lo más sabroso resultó ser la respuesta de ese 72% a la siguiente pregunta: “qué mecanismo preferirías para elaborar una nueva propuesta constitucional”. Entre cuatro opciones, la elección mayoritaria, con un 44%, fue “que se designe un comité de expertos”. Detrás quedaron “que se elija una nueva Convención Constitucional (33%)”, “que se elija por sorteo entre todos los ciudadanos a las personas que van a redactarla (17%) y “que el congreso la redacte” (6%).
Y hay más datos para alimentar este giro. A dos meses de elegido el Presidente más joven de la historia, la ciudadanía ha decidido premiar con su confianza a muy pocos ministros y ministras. Entre ellos al técnico por antonomasia, Mario Marcel. El hombre que se ha dedicado a parar los retiros previsionales tan ansiados por la población, aparece como el mejor evaluado en las encuestas. Es que, ante tanta incertidumbre económica e inflacionaria, Marcel ha venido a representar una figura de autoridad y sabiduría para fijar los límites de lo posible y la ciudadanía ha terminado valorando el saber experto.
La volatilidad y la incertidumbre del proceso de cambio pareciera estar poniendo foco nuevamente en quienes saben. ¿Estaremos frente a una revalorización de la tan vilipendiada tecnocracia?
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