Chile-Corea: Hacia otro salto de cooperación. Por Won-Ho Kim

Corea ofrece a Chile una sintonía y algunas ventajas singulares frente a otros actores asiáticos o norteamericanos. Es un país que se industrializó rápidamente, y una democracia sin pasado colonial en la región. No viene sólo a comprar recursos o a colocar manufacturas; Chile-Corea  pueden compartir políticas, saber hacer tecnológico y capacidades de formación de recursos humanos en áreas de vanguardia, algo que Chile necesita para diversificar su economía.


La visita del presidente JaeMyung Lee de Corea del Sur a Chile nos invita a recordar que nuestros países fueron pioneros en abrir el Pacífico como espacio de integración económica, al firmar en 2003 el primer Tratado de Libre Comercio transpacífico.

Aquel TLC no fue sólo un instrumento arancelario: creó una comunidad de expectativas compartidas sobre apertura, reglas claras y modernización, que otorgó a Chile un papel adelantado en la proyección hacia Asia.

 Durante la primera década de vigencia, el comercio bilateral se duplicó rápidamente y superó los 8.000 millones de dólares, mostrando la fuerza de esa narrativa común de confianza y beneficio mutuo. Con el tiempo, sin embargo, la relación se “consolidó”, más que seguir expandiéndose: el intercambio se estabilizó, la canasta exportadora chilena se concentró en minerales y pulpa, y la inversión recíproca quedó por debajo de su potencial.

Hoy el desafío no es sólo vender más, sino preguntarnos cómo reactivar aquella energía inicial en un contexto mundial mucho más complejo. Y es probable que el gran interés de los chilenos en la cultura coreana, sobre todo entre los jóvenes, pueda ser un buen acicate para esa reactivación.

Vivimos una era de desglobalización parcial, tensiones geopolíticas y crisis de cadenas de suministro, especialmente en minerales críticos, energía y tecnologías digitales. Corea y Chile, ambos economías muy abiertas a la vez que dependientes de reglas multilaterales, tienen fuertes incentivos para construir juntos soluciones a estos problemas: fortalecer la resiliencia de las cadenas de valor, diversificar socios, y vincular comercio con innovación y transición verde.

En este punto, Corea ofrece a Chile una sintonía y algunas ventajas singulares frente a otros actores asiáticos o norteamericanos. Es un país que se industrializó rápidamente, y una democracia sin pasado colonial en la región. Combina un Estado capaz de planificarcon eficacia con un sector privado altamente innovador, y conoce por experiencia propia que el camino desde la pobreza hacia el desarrollo involucra inversión en educación, infraestructura y política industrial.

No viene sólo a comprar recursos o a colocar manufacturas; puede compartir políticas, saber hacer tecnológico y capacidades de formación de recursos humanos en áreas de vanguardia, algo que Chile necesita para diversificar su economía.

El primer pilar de un “segundo salto” debería ser la actualización del TLC Chile-Corea. Un acuerdo concebido para la primera ola de globalización ya no basta para una economía digital y descarbonizada: necesitamos incorporar capítulos de comercio electrónico, servicios, minerales críticos, propiedad intelectual, sostenibilidad y facilitación de inversiones, manteniendo espacio para las políticas industriales chilenas. Un TLC 2.0 daría el marco apropiado para relanzar la cooperación en áreas que hoy son estratégicas para ambos países.

El segundo pilar es pasar de la simple exportación de minerales a la construcción conjunta de cadenas de valor en cobre y litio. En la primera mitad del año corriente Corea importódesde Chile cerca de 3.230 millones de dólares, y aproximadamente el 60% correspond a cobre y derivados. Ese flujo puede transformarse en proyectos compartidos de refinación, materiales de cátodo y reciclaje de baterías; de este modo, la seguridad energética coreana y la estrategia de industrialización y transición verde chilena pueden quedar alineadas.

El tercer pilar es la cooperación tecnológica entendida como proceso, no como transferencia instantánea. La tecnología sólo arraiga cuando existen instituciones receptoras sólidas, continuidad de políticas públicas y capacidades locales de absorción. Por eso la agenda con Corea debe incluir a la sociedad civil, para crear programas de formación, investigación conjunta, gobierno digital, salud y educación, vinculando universidades, centros de innovación y empresas de ambos países.

Finalmente, un cuarto pilar es la construcción de una narrativa renovada de confianza entre sociedades, más allá de las cifras comerciales. La experiencia de Chile como primer socio transpacífico y la trayectoria de Corea como país que superó guerras y pobreza para convertirse en potencia tecnológica son historias que dialogan entre sí, y que pueden inspirar una globalización más justa y sostenible. Si esta visita presidencial consigue articular esa visión compartida —un partenariado estratégico para cadenas de valor resilientes, innovación y bienestar ciudadano— podremos decir que hemos dado otro salto en la cooperación bilateral, no sólo comercial, a la altura de los desafíos del siglo XXI.

Para más columnas de Ex-Ante, clic aquí. 

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida por Ex-Ante (@exantecl)

Leer a continuación