El winterismo. Por Cristián Valdivieso

Director de Criteria

Winter acierta en el diagnóstico, pero no en las causas ni en la responsabilidad que la retórica, de la que tanto abusan, juega en esta situación. Son ellos mismos, más que los medios de comunicación o los gremios, como sugiere el diputado, los responsables de su propio fracaso.


Tiene la razón el diputado Gonzalo Winter cuando sostiene “que nosotros hemos fallado en nuestro rol de dar una disputa política e ideológica”. Pero se queda corto porque lo cierto es que, más que fallar, fracasaron. Y eso ocurrió en el primer proceso constitucional donde el proyecto ideológico-cultural con que batalló el Frente Amplio sufrió una derrota en toda la línea difícilmente reversible para esa nueva izquierda, al menos en el corto plazo.

Entre otras cosas, es difícil de revertir por esa pulsión frenteamplista por la consigna, por el eslogan e incluso por una cierta verborrea que ha terminado cabreando a la ciudadanía. Cabreándola más que por repetitiva, por tramposa. Por envolver promesas, propuestas de valor en lenguaje comercial, que no se verifican en una experiencia de servicio concreta y positiva. Hablar y hablar. Vender ilusiones para entusiasmar y para seducir sin tener los conocimientos de cómo concretar.

Más allá de lo que dijeron antes y dicen ahora, y de la absurda pretensión de considerarse moralmente superiores como generación, es la compulsión a la repetición la base de la derrota cultural ideológica del frenteamplismo. La compulsión por poner las palabras antes que las ideas, el relato y no el dato, la ideología por encima de la técnica, las ganas antes que la razón y la improvisación por sobre la experiencia.

Mientras las palabras no se alineen con los hechos, la nueva izquierda continuará enfrentándose a derrotas. Estas derrotas, en términos utilizados por el propio Winter, se traducen en un aumento de la distancia entre la sociedad y los planteamientos ideológicos del Frente Amplio que bien se reflejan en encuestas realizadas por Criteria.

A modo de ejemplo, si en 2019 la ciudadanía se mostraba dividida ante la pregunta sobre qué temática debería ser prioritaria para parlamentarios y el gobierno, el crecimiento económico o el medio ambiente, actualmente el 78% de las personas prioriza el crecimiento económico, frente a un 22% que prefiere el medio ambiente.

En el ámbito tributario, una mayoría social (56%) considera que en Chile los impuestos son elevados y deberían reducirse, mientras que un 32% opina que son adecuados y solo un 11% cree que son bajos y deberían incrementarse, como propone el Frente Amplio. Además, existe un juicio crítico sobre el uso que el Estado hace de los impuestos: el 57% de las personas está de acuerdo con que “los tributos se usan principalmente para financiar a los políticos”, en contraste con solo un 23% que concuerda con que “cuando se aumentan los impuestos, el país mejora en educación pública y salud”.

En cuanto a otros temas cruciales para la nueva izquierda, como el feminismo, los datos también muestran un retroceso del relato. Por ejemplo, la identificación con el movimiento feminista ha disminuido significativamente durante este gobierno.

Un fenómeno similar ocurre con la gastada retórica colectivista, que cada vez encuentra menos eco en la sociedad. Winter se resiste a esta tendencia, consciente de que, por ejemplo, la reforma previsional fracasa debido al escaso apoyo social a sus propuestas ideológicas, como la colectivización de los fondos de pensiones.

Hay más, pero es evidente la distancia de las ideas matrices del mundo de Gonzalo Winter con las subjetividades sociales dominantes. Tal es el caso que, cuando la alcaldesa socialista Karina Delfino sugirió que el fin de la selección escolar podría haber sido un error, el entorno winterista le saltó a la yugular acusándola de entreguista.

Winter acierta en el diagnóstico, pero no en las causas ni en la responsabilidad que la retórica, de la que tanto abusan, juega en esta situación. Son ellos mismos, más que los medios de comunicación o los gremios, como sugiere el diputado, los responsables de su propio fracaso.

Visto así, la ministra Tohá tiene razón en mostrarse molesta con el diputado. Y la tiene porque, si algo ha caracterizado la gestión del Socialismo Democrático, es buscar recuperar la confianza de la ciudadanía priorizando el hacer más que el hablar y en enfocarse en mejorar la vida de las personas antes que saturarlas con promesas vacías.

Pero, además, el enojo de Tohá surge porque posiblemente intuye que Winter es plenamente consciente de sus acciones y palabras. Palabras que parecen privilegiar los intereses del winterismo antes que los del gobierno al que afirma representar.

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