Mucho se atribuyó a la salida de Patricio Fernández el clima de polarización en que terminaron las conmemoraciones de los 50 años del golpe de estado. En efecto, Fernández propuso un relato centrado más en el futuro y en la reivindicación de la democracia que en la memoria de la Unidad Popular o la figura de Salvador Allende. A poco andar, sin embargo, un “lapsus linguae” del asesor presidencial dio la oportunidad al partido comunista para levantar una intensa capotera y destituir no sólo a Fernández de su rol de encargado, sino cambiar radicalmente el relato gubernamental de la conmemoración.
Es probable que el discurso propuesto por Fernández era de verdad escasamente compasivo con las víctimas y sus organizaciones, y aún menos sensible con las afirmaciones históricas de la izquierda comunista que no admite la posibilidad de la autocrítica ni de las responsabilidades compartidas, lo que lo hacía muy poco realizable, muy difícil de que lograra interpretar al gobierno y al vasto sector de la ciudadanía que siente vivos y como propios los dolores de ese pasado.
Pero la verdad sea dicha, no sólo el PC, sino el propio presidente de la república no tardaron demasiado en cambiarse de libreto y asumir el aniversario con un espíritu partisano y reivindicativo de la figura de Salvador Allende y del proyecto -inconcluso a juicio del PC- de la Unidad Popular. Una consecuencia, por lo demás, consistente con el tipo de coalición que han buscado encarnar: el frente de izquierda, un tipo de alianza condenada de antemano a ser minoritaria, como lo ha demostrado nuestra propia historia y muy en especial la conmemoración que nos ha tenido ocupados.
Siendo así, no es raro que la nostalgia de la UP haya dominado los espíritus de la izquierda y la admiración por el presidente Allende haya alcanzado alturas inéditas; en especial llamó la atención el carácter mimético con que la figura del presidente mártir fue asumida en La Moneda. Todo esto, sin embargo, a contrapelo de lo que estaba pasando en la sociedad donde la opinión pública se estaba tornando más crítica del período de la UP e incluso por primera vez en muchos años, justificando el golpe de estado. El legado del aniversario pésimamente gestionado.
El hecho es que este aniversario mostró fehacientemente que los chilenos no hemos sido capaces de superar el trauma de 1973. Para unos regresó el miedo a los bárbaros, al caos y la pérdida de valores e identidades; para otros, el retorno del águila del imperialismo, el complot de los poderosos de siempre, la victimización sin límite. Memorias destinadas a revivir las querellas del pasado, no a superarlas ni a comprenderlas, a retomarlas con nuevo vigor, si fuera posible a vengarlas.
Un triste y lamentable legado para el evento que iba a ser emblemático del gobierno, que se transformaría en el leit motiv del discurso gubernamental para el año 2023.
Habrá que repensar como estamos abordando la memoria del pasado reciente. Porque si algo es cierto es que la memoria debe servir para garantizar un Nunca Más, no para alimentar el eterno retorno a conflictos que nos han desgarrado como comunidad y que sólo pueden augurar violencia y muerte.
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