En los mismos momentos en que millares de chilenos y chilenas se debaten en la angustia y frustración por la pérdida de sus hogares, sus empleos y sus cultivos producto de los temporales que azotan al país, la cámara de diputadas y diputados decide leer un acuerdo del 22 de agosto de 1973 y consume sus energías en un debate violento y apasionado, con acusaciones e insultos, en torno a un documento suscrito hace medio siglo por una mayoría parlamentaria, muchos de cuyos integrantes no volverían a firmarla.
La escena, lleva a preguntarse por la utilidad de la memoria.
En el parlamento chileno, al menos en la cámara baja, predomina una memoria que no es capaz de superar el trauma y las divisiones del pasado, una memoria destinada a revivir las querellas y los odios que condujeron a la tragedia, una memoria partisana prisionera de sí misma, donde el pasado coloniza al presente. Como nos lo recuerda el autor David Rieff, la rememoración puede enardecer los odios que encuentran su origen en un pasado lejano: fue el caso de la ex Yugoslavia, donde el recuerdo de la derrota serbia en Kosovo Polje ocurrida en 1389 siguió alimentado el deseo de revancha de los serbios durante más de seis siglos.
La memoria que diputados y diputadas, de derecha e izquierda, han abrazado con entusiasmo irresponsable, es lo que se llama una memoria literal, incapaz de reflexionar más allá de sus propios sufrimientos o de superar los odios y rencores del pasado. Una memoria vociferante que busca justificarse por sí misma y que puede convertirse en instrumento de los peores designios, de la venganza y del resentimiento. Lo más extraño, es que la mayoría de los “habitantes” de la Cámara no habían nacido o eran niños hace 50 años. Es en muchos casos una memoria impostada, que no responde a experiencias vitales.
La memoria del pasado no es positiva ni negativa en sí misma. Pero existe otra posibilidad para la memoria, y es la que deberíamos cultivar. Sabemos que el olvido no es opción, recordar no es el remedio para la paz pero si es una condición necesaria -aunque ciertamente no suficiente- para construir el presente y el futuro. La memoria sólo nos sirve en la medida que nos educa a nosotros mismos, en que somos capaces de considerar los hechos de manera ejemplar, esto es, que nos sirvan para no repetir los mismo errores ni los mismos horrores, y, sobre todo, para juzgarnos a nosotros mismos con la misma vara que juzgamos a los demás. Para emprender un camino de superación.
Se debe comprender las emociones de quienes han perdido a sus seres queridos y han bregado incansablemente por encontrar sus cuerpos y que se las haga justicia. Hay un deber del Estado, no de memoria, sino de verdad y de justicia. Las lamentables escenas que protagonizó la cámara de diputadas y diputados, a días de la conmemoración del golpe de estado de 1973, muestran un gran retroceso de Chile; una incapacidad de mirar el pasado como ejemplo para el aprendizaje, una porfía para quedarnos aferrados a dilemas que sólo encuentran sentido en contextos muy diferentes.
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