El cambio de gabinete no se hizo para mejorar la gestión sectorial del gobierno ni para impulsar soluciones más eficientes a los problemas que por estos días aquejan al país. Se hizo para resolver un problema político. Se hizo para reajustar el balance partidario de la coalición que gobierna. Se hizo específicamente para remover a Revolución Democrática del gabinete por haber estado involucrado en la crisis de corrupción y premiar al Partido Comunista por su lealtad.
No es lo que se anticipaba. La expectativa era que el ajuste se haría para mejorar la gestión en el combate a la delincuencia, el manejo de la crisis económica, y el control de la inmigración irregular, entre otras preocupaciones sectoriales. Por lo bajo, se esperaba que el cambio se hiciera para potenciar la posibilidad de conseguir acuerdos con la oposición en los temas previsionales y tributarios.
Pero no fue así. Fue un cambio que no ayudará ni a la gestión de los problemas ni para conseguir acuerdos. En los márgenes, las personas que entran podrán ser consideradas funcionales para las tareas de las carteras que entran a liderar, pero es claro que no llegaron a sus posiciones actuales solo por sus capacidades técnicas específicas. Es obvio que llegan por demandas que exceden lo netamente programático.
Ahora, si bien el ajuste no sirve para hacerse cargo de lo realmente relevante, no significa que sea irrelevante. Es más, por sus características políticas, se puede argumentar que es uno de los cambios más determinantes que se han hecho hasta ahora. Mientras que probablemente sea menos llamativo que el cambio en que salió Izkia Siches, pero las consecuencias podrían ser incluso más relevantes.
Si el cambio de gabinete post plebiscito en que entró Tohá fue un giro fue hacia el centro, que premió la mesura y privilegió el profesionalismo político, este cambio de gabinete es un giro a la izquierda, que le confiere al PC control sobre el rumbo del gobierno. En el balance, pierden los partidos pragmáticos con tendencias moderadas, y ganan los partidos ideológicos de lineamientos extremos.
El giro a la izquierda es visible en el ascenso de Comunes, que con la promoción de Javiera Toro, llega a ocupar una de las carteras más importantes para la planificación central. El giro es además visible en los cambios que no ocurrieron, como así lo demuestra el hecho de que no haya salido ningún ministro comunista o de Convergencia Social. Y finalmente es visible en las modificaciones que se hicieron en subsecretarios, que en promedio fortifican la corriente expansiva.
En esto último, llama especialmente la atención de Nicolás Cataldo (PC) al Ministerio de Educación. Primero, por ser un ascenso cruzado (el traslado de un subsecretario de una cartera a ser ministro de otra cartera) que, a pesar de no ser inédito, es poco frecuente. Pero más importante por ser un premio al PC, que hasta ahora nunca había obtenido la titularidad de la cartera, ni en el gobierno de Allende.
Así, el ajuste se puede entender como un gesto al PC, en tanto el ascenso del ex Subdere no solo habla del mérito de la persona, sino que también del aprecio que el presidente le tiene al partido que hasta ahora le ha sido leal. De otro modo, no los tendría instalados en el corazón del gobierno, con tres ministerios, incluyéndolos en dos de las tres carteras con mayor partida presupuestaria de la nación: Trabajo y Educación.
Para entender la magnitud del gesto, sirve destacar la resiliencia de Cataldo, que a pesar de haber sido duramente cuestionado por la oposición en su primera nominación (que eventualmente se cayó), ha logrado seguir adelante. Esto evidencia que el nuevo ministro no solo es una pieza clave para el presidente, sino que también para su partido. Sin el apoyo explícito de ambos, no habría llegado al lugar donde está hoy.
Pero su asenso tampoco es sorpresa. Era, de hecho, bastante evidente que se convertiría en una figura central tras haber sido nominado en la Subdere, la subsecretaría que maneja el presupuesto más alto de la cuarta cartera de mayor presupuesto del Estado. Un lugar por el cual han pasado otros conocidos militantes de base como Gonzalo Martner, Marcelo Schilling y Mahmud Aleuy, todas figuras políticas que en su tiempo fueron conocidos por su poder fáctico.
Como ellos, Cataldo es la persona que hace que las ruedas giren ahora.
Ejerce el rol que antes se conocía como el apparátchik, el hombre enviado del partido (el aparato). Es quien se asegura de que las cosas se hagan del modo en que se tienen que hacer. Es, en el fondo, un burócrata que ejerce órdenes partidarias sin cuestionarlas. El académico de la cultura soviética James Billington los describe como las personas que pueden ejecutar cien detalles minuciosamente bien sin nunca conocer el gran plan.
Antes de Cataldo estuvo Miguel Crispi (RD), quien como Subdere no solo contó con la confianza directa del presidente y de su partido, sino que también con el generoso presupuesto de la subsecretaría que le permitía recorrer “los territorios” y asignar recursos de forma aparentemente discrecional, como así revela el oficio en que validó a la Fundación ProCultura para pintar fachadas por 630 millones de pesos en Antofagasta.
En cualquier caso, es claro que si RD alguna vez tuvo poder ya no lo tiene. En su lugar ha surgido el Partido Comunista, que se ha ido instalado lento pero seguro en el centro del gobierno. A la popular Jeannette Jara y a la influyente Camila Vallejo, ahora se suma Cataldo, un operador político que no solo entiende la importancia de la lealtad partidaria, sino que además entiende muy bien con quién hablar para que las cosas resulten a su favor.
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