A los académicos nos pagan por saber, lo que se parece mucho a que te paguen por ser. Algunos confunden las dos esferas y viven sufriendo por el papeleo muchas veces infinito que te piden para demostrar no solo que sabes, sino que compartes e impartes lo que sabes a la comunidad a la que le enseñas.
Abates, novicios, descendientes de los monjes medievales, mucho sienten que sus títulos son eso mismo, títulos de noblezas, escalafones simbólicos que deberían bastar de por sí, sin necesidad de producir papers y alumnos y firmas y timbres y estampillas que a todo tipo de contralorías les gusta objetarte.
El doctor siente que ya rindió examen para siempre al aprobar su tesis. El investigador siente que el laboratorio es una extensión de su propio ser. En la negativa de la Usach en mandar una información pública y fácilmente rastreable por internet, uno siente algo de ese orgullo medieval, esa preminencia del “ser” por encima del “hacer” propio de los espíritus de claustro.
Eso es algo que trasmite también la propia aludida, Elisa Loncon Antileo: la soberbia y la displicencia de no querer perder el tiempo explicando quién es ella y qué hace ella. La sensación que ella es ella y el que lo pone en duda es simplemente un malvado o tonto de capirote.
Toda la defensa de Elisa Loncon se basa en el hecho indesmentible de que Elisa Loncon se llama Elisa Loncon, y que por solo llamarse Elisa Loncon la atacan. Y es cierto, la atacan porque se llama Elisa Loncon, pero a ella se le olvida que, si Elisa Loncon fuese solo Elisa Loncon, profesora de la Usach con un posgrado en Holanda y una de las mayores eminencias en el estudio de su idioma, nadie le pediría justificar ningún sabático de ninguna especie.
Si se la investiga con este exagerado celo, es porque Elisa Loncon fue la primera presidenta de la primera Asamblea Constituyente digna de ese nombre. Alto honor en que algo tuvo que ver que se llamara Elisa Loncon, y recibiera, por eso mismo, un odio brutal y sempiterno que hace que se investigue el doble y triple todo lo que hace o no hace, como por lo demás les pasa a todas las autoridades de aquí hace un tiempo (alemanes, croatas, o mestizos, todos cuestionados e investigados hasta el ridículo).
En su bello discurso de aceptación del cargo resaltó el hecho inédito de que una mujer que se llama Elisa Loncon Antileo, presida una Convención Constituyente encargada de escribir una nueva Constitución chilena. De esa idea no se ha movido desde entonces como tampoco todos sus defensores.
Se llama Elisa Loncon Antileo, básicamente eso es lo que nos recuerda cada cierto tiempo. Si no se llamara Elisa Loncon Antileo, no sería Elisa Loncon Antileo, pero se llama Elisa Loncon Antileo y por eso se la premia e insulta, por eso se la entrevista y se le inventan infundios con la violencia propia de las redes sociales. Violencia que sufrimos todos los que intervenimos en las redes sociales a diarios (desde Kast a Orsini pasando por Karol Dance y el Presidente) pero que solo en su caso serían absolutamente intolerables. Violencia, la de un racismo que sufren hoy por hoy los inmigrantes, por la que nunca se la ha oído ni a ella ni sus defensores alzar la voz.
Los acuerdos que no articuló, las ideas que no dio, la tranquilidad que no infundió, la claridad que no aclaró, no importan nada. No importa lo bien o mal que hizo su trabajo. Elisa Loncon es Elisa Loncon. El fracaso de la Convención no es su fracaso, por eso le parece natural mandar a sacar su foto de la portada de un libro que se llamaba justamente “El Fracaso” del exconvencional Renato Garín. Claro, ese fracaso que protagonizó en primera línea no era su fracaso porque estaba en ese mismo momento teniendo pleno éxito en ser por el mundo entero Elisa Lonco Antileo hablándoles a los más diversos e internacionales públicos de lo que significa ser Elisa Loncon Antileo.
El apellido en la híper jerarquizada sociedad chilena es una manera de “ubicarte” social y geográficamente más allá del mérito o la historia personal. Es lo que llamaba el sociólogo Pierre Bourdieu, un capital simbólico que, si se une al poder político o financiero confiere esos monopolios de poder que excluyen a demasiados e incluyen a demasiados pocos contra la que se rebeló justamente la Convención y, antes, el estallido de octubre.
Esto, por cierto, a todo el mundo le parece claro cuando los apellidos son Larraín, Matte, Undurraga, y otros vascos y semi vascos que muchas veces no son ni de cerca partes de las fortunas más afortunadas del país.
¿Pero qué pasa cuando la persona que se refugia en su capital simbólico para no dar cuenta de sus errores políticos o administrativo es de apellido Loncon? ¿Qué pasa con ese capital simbólico, la del dolor y la opresión de un pueblo entero, cuando es usado para dar malas explicaciones ante un problema básicamente laboral? ¿Qué pasa con el dolor de miles de hombres y mujeres fusilados, fustigados, excluidos cuando su dolor es justificación para mandar o no un mail?
¿Qué pasa cuando ese juego, el del capital simbólico usado para excusar las insuficiencias y errores personales, hacen retroceder a todo un pueblo en sus derechos, libertades y reconocimiento? ¿En qué sentido es un logro simbolizar la lucha de un pueblo cuando más allá del símbolo, a la hora de la política, de los acuerdos, del debate tus ideas no solo no prevalecen, sino que son rechazadas por una mayoría abrumadora? ¿No es propio del dirigente simbólico o no, preocuparse de si su actuación pública ha ayudado a ensanchar los derechos de los suyos o si al revés los hizo retroceder? ¿No es lo propio de un profesor conseguir que el otro, que el opuesto incluso, comprenda lo que tienes que explicarles?
A los académicos nos pagan por saber, pero también nos pagan por preguntar y por preguntarnos. En el debate de trinchera donde todo se exagera, se escupe y caricaturiza, la sola virtud de meditar con tiempo y espacio mental resulta compleja y arriesgada. Para eso está la universidad. Esa es la razón de su autonomía y su libertad de cátedra. También la razón de la bendita institución del sabático, que es tiempo para pensar. Le deseo que cuando termine de explicarnos quién es ella misma, la sin duda estudiosa Elisa Loncon, pueda dedicarse al bello y arriesgado arte de pensar.
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